Ya pasaron los nervios, el histeriqueo. Llegué al aeropuerto de Barajas y llamé a mi hermana por el móvil para tener la mente ocupada, para impedirme pensar que en la sala de llegadas me recibiría Luisito.
Allí estaba, esperando como fiel caballero, armado con una sonrisa nerviosa. Dos besos y un medio abrazo. Fuimos a por el coche y él no paró de hablar. Nombraba cada pueblo por el que pasábamos y repetía: “No me puedo creer que estés aquí, bobita”, sin parar. Fuimos a su casa, llegamos casi a las dos de la madrugada y compartimos cama e insomnio.
Ninguno durmió, pero no porque pasara nada, sino por lo raro de compartir cama. Al día siguiente se repitió la historia. Al otro, nos fuimos a París.
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miércoles, 8 de octubre de 2008
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