sábado, 13 de diciembre de 2008

De-sola-da

Pues a mí me cae gordo Papá Noel, sobre todo desde que Coca Cola lo travistió de rojo con fines publicitarios; tampoco es que me resultara mucho más simpático de verde, así que se va a joder, porque no pienso pedirle nada.

Los Reyes Magos, entre la crisis que hay y el poco caso que me hacen, van por el mismo camino que el barbudo canoso.

¿A quién le mando, entonces, mi lista de deseos?

5 comentarios:

ojo dijo...

Hola.

Yo rmé el pesebre.

Mis buenos deseos generalmente me los cuento a mi mismo, a ver si los puedo realizar, pero no estaría mal que se los pidieras a la Navidad, como algo simbólico.

Contrariamente a lo que se lee por ahí en internet, que parece que todos odian estas fechas, a mi me ponene contento.

No soy d eappa noel, ni de arebolitos ni de tradiciones, ni de balances de fin de año. pero me siento bien generalmente en esta epoca.

huellas compartidas dijo...

A las estrellas...

Blonda dijo...

Te sugiero que lo mandes en una botella y lo eches al mar, es más probable que alguien lo encuentre y cumpla tus deseos que el gordo borracho travestido y de rojo y los tres locos caminates del camello....jeje

besotes

VdeUve dijo...

Ojo,
a mí también me gustaban estas fechas, pero admito que cada vez menos a medida que crezco...

Huellas,
siempre le pido deseos a las estrellas, pero o están apagadas o fuera de cobertura... Me tocará seguir intentándolo.

Blonda,
siempre he visto algo romántico en la idea de lanzar al mar una botella con algo escrito... Es algo que tengo pendiente.

Como el año nuevo no cumpla mis deseos, me planto.

Besitos a todos,
v.

burocracia dijo...

me permito intervenir para dar algunas opciones. yo sugiero:

1) la televisión. la televisión siempre es esa caja maravillosa cumplidora aparente de todo sueño y espectativa posible.

2) los padres. ellos siempre tuvieron alguna complicidad con el pobre viejo travestido en colorado y blanco de la coca-cola.

3) algún vecino desconocido. esto se convierte en una interesante posibilidad de vínculo con toda esa gente que uno se cruza por la calle y jamás saluda.